Crecer sin pedir permiso: la vida de Tivo, persona LGBTI+, en un rancho de Coahuila
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Cuando al rancho todavía le queda un poco de noche, Primitivo Martínez Rodríguez se levanta, recoge su cuarto, se asea y barre la banqueta. Después abre su tienda y deja que el amanecer entre con el olor de la gobernadora húmeda, el rebuznar de los burros y las aves que cantan a las cinco de la mañana como si les pagaran por despertar a los vivos.
El camino hacia el rancho abre con el mismo silencio que atraviesa la historia de Tivo: tierra, cielo y un horizonte donde quedarse también puede ser una forma de resistencia. Una estampa que refleja la piel menos citadina de Coahuila, quizá una más honesta.Fotografía: Carlos Mirón
Antes de entrar a la tienda, una golondrina abre el paso. Él deja que hagan sus nidos en las paredes de la tienda. “Son libres, vienen de muy lejos”, dice.
Ahí, en Cuautla, casi nadie lo llama Primitivo. Le dicen Tivo. Nació el 6 de septiembre de 1980, tiene 45 años cumplidos y habla de su vida con la calma de quien ya estuvo debajo de varias tormentas y aprendió a esperar el trueno tras un relámpago lejano que ya no lo ciega.
Tivo tiene 45 años, una edad que también se vuelve dato frente a la violencia que atraviesa a la población trans. Diversas instituciones y organizaciones han citado que la esperanza de vida de las personas trans ronda los 35 años en México.Fotografía: Héctor García
Con esa misma libertad responde cuando se le pregunta quién es: “Tivo es una persona de la comunidad LGBT”. En el aire queda esa palabra que lo definiría, de alguna forma.
Persona de rancho, persona trabajadora, persona que abre su tienda, que ha pastoreado chivas y vacas, que ha atendido personas, que ha vivido en Saltillo, que ha marchado en General Cepeda, que ha amado, que ha perdido a su madre y que todavía alza la voz para decir: “Yo estoy contento, estoy feliz”.
En el aire queda esa palabra que lo nombra, pero no lo agota. Persona de rancho, persona trabajadora, persona que abre su tienda, que ha pastoreado chivas y vacas, que ha atendido personas, que ha vivido en Saltillo, que ha marchado en General Cepeda, que ha amado, que ha perdido a su madre y que todavía alza la voz para decir: “Yo estoy contento, estoy feliz”.
Las cifras se imprimen y se quedan quietas en los documentos. Tivo se mueve. Va de su cuarto a la tienda, de la tienda a la banqueta, de la banqueta al mostrador, del mostrador a la memoria. En su vida, la diversidad sexual es más que un lema: va de la infancia, la familia y el trabajo al rechazo, el duelo y una terquedad de seguir.
En la tienda de Tivo, la confianza pesa tanto como la mercancía: ahí vende, escucha, fía y guarda silencio en un rancho donde todo puede volverse rumor. Fotografía: Héctor García
De niño no agarraba carritos ni caballos. Los niños de su edad se iban con esos juegos y Tivo se iba con las niñas, con las muñecas, con las comiditas, con los pastelitos. “Yo me inclinaba más con las mujeres”, dice. Tenía ocho años cuando eso ya era visible, aunque él cuenta que venía desde antes, desde chiquito, cuando veía una muñeca y quería tenerla en las manos.
Dice que a veces se las arrebataba a las niñas porque quería jugar con ellas. “Desde un bebé prácticamente”, dice. Con esa frase, que vuelve la infancia un nopal en el techo de su casa, creció sin pedir permiso. Lo cuenta sin drama, como quien ya hizo vereda en una tierra árida antes de saber que hacía camino.
La ENDISEG preguntó por esas primeras señales. En sus datos, 27.2 por ciento de la población LGBTI+ respondió que durante la infancia, hasta los 11 años, le hicieron sentirse diferente por sus gustos o intereses. Otro 27 por ciento lo vivió durante la adolescencia. Tivo tiene su propia manera de decirlo sin problema: “Desde chiquito”.
Mientras atiende, menciona que su familia era grande: eran ocho hermanos, cinco hombres y tres mujeres; además, un niño que murió de bebé y que sigue contado en la memoria de su hogar.
Tivo era el más chico, “el coyotito”, dice. En las familias grandes, el menor suele crecer entre brazos y vigilancia. Todo se sabe: quién come menos, quién se enferma, quién juega distinto, quién mira hacia donde no le dijeron que mirara.
Su papá quiso maltratarlo. Tivo se sienta y conversa la escena como quien desprende un cadillo de la crin de un caballo: ya no lastima, pero se sabe que estuvo ahí. No lo cuenta con odio. Lo cuenta porque así fue. En esa casa, la violencia quiso entrar por la puerta del padre.
La madre se atravesó. “A él no me lo vuelvas a tocar”, dijo. Luego dejó más clara la frontera: “Tú tienes tus hijos, ve a tus hijos. Corrige a tus hijos; al mío no”. En esa frase, la madre hizo un hogar dentro de la casa. Puso un adobe tras otro y luego una puerta de la que le dio llave a Tivo para que pudiera seguir siendo.
Esa madre fue más que una madre. Fue raíz, alimento, testigo y cobijo. Tivo la recuerda como quien recuerda la luna: sabe que, aunque no se vea, siempre estará ahí. “Mi papá, no; mi mamá, sí”, dice. Y con esa frase acomoda la red emocional que lo sostuvo y sostiene, la sangre que intentó domarlo y la sangre que le dio libertad.
Con una vara en la mano y el rancho al frente, Tivo camina sobre una historia que no empezó fácil: la violencia de su padre quiso marcarlo, pero la defensa de su madre le abrió un lugar desde donde pudo seguir de pie.Fotografía: Héctor García
La misma encuesta también registró molestias, agresiones, ofensas y esfuerzos por “corregir”. Tivo vivió esa tensión en su propio hogar: la amenaza de una venida de agua, de un lado, y su madre como contrapresa.
“Me das una cajetilla de Time y una Coca, porfa”, interrumpe alguien. Tivo atiende en menos de un minuto y vuelve a la conversación. La importancia de esa madre regresa cuando habla de sí mismo.
“Yo me quise siempre y me quiero hasta ahorita, tal y como soy”, afirma. La frase parece suya, pero trae una sombra materna detrás: una defensa aprendida antes de saber defenderse.
Vivió 14 o 15 años en Saltillo. Allá la vida fue “un poquito más aceptada”, aunque también le tocó oír lo de siempre: “No te juntes con él porque es gay”. En las escuelas tuvo amigas, maestras que lo apoyaban y días en que el señalamiento caminaba tras él como perro flaco.
Sus hermanas también lo aceptaron. Ahora le dicen que ya no se arregla, que ya no se pinta, que ya no se hace uñas. Se ríe de la edad, de los cuarenta y tantos que ya miran hacia los cincuenta, y luego aclara lo necesario mientras entrega el cambio de un billete de quinientos pesos: “Sigo siendo la misma persona que era cuando tenía ocho años, que me gustaban las cosas de mujer. Sigo siendo igual”.
Pero la frase pesa distinto cuando se mira desde otro número. En México, diversas instituciones y organizaciones han citado que la esperanza de vida de las personas trans ronda los 35 años, una cifra que no habla de biología sino de violencia, exclusión, pobreza, rechazo familiar, discriminación laboral y abandono institucional.
El ejido donde vive Tivo parece quieto bajo el cielo abierto, pero ahí también se mueven las palabras, las miradas y las formas de nombrar a la comunidad LGBTI+. Su vida recuerda que la diversidad no sólo habita las ciudades: también permanece en los ranchos, en las tiendas y en los caminos.Fotografía: Carlos Mirón
Tivo tiene 45. Diez años más que ese promedio repetido en informes y conmemoraciones. Lo menciona sin épica, sin levantar una bandera sobre su propia vida, como quien siguió abriendo su negocio cada mañana porque alguien —su madre primero— le enseñó que también tenía derecho a quedarse.
Antes de la tienda hubo trabajos que todavía parecen vivirle en los dedos. Hizo ganchos para pescar cuando aún no cumplía 15. Se sentaba en mesas con clavos, amarraba, medía, apretaba, cuidaba las puntas.
Recuerda las bolsas, los pagos de cada ocho días, los dedales, la plática alrededor con las mujeres del rancho. “Tenía su chiste”, dice, y en esa frase cabe toda una economía pequeña del rancho.
A los 15 entró a las granjas de Guajardo.
El letrero de Ejido Guajardo marca una zona de paso. Antes de la tienda, Tivo aprendió en estos caminos que el rancho también puede ser cruel.Fotografía: Carlos Mirón
Ahí también hubo insultos. A él y a un amigo de Oaxaca les decían cosas. Unos apoyaban, otros se quedaban del lado de la burla. A veces ignoraban. A veces se enojaban. Después apareció alguien con autoridad que los respaldó, y Tivo resume la calma con una frase que parece bendición ranchera: “Todo en santa paz”.
Fachada de las granjas en donde trabajó Tivo.Fotografía: Carlos Mirón
En el trabajo, el rechazo no es una anécdota aislada. La ENDISEG registró que 28.1 por ciento de la población LGBTI+ que trabajó por salario, pago o ganancia vivió trato desigual, comentarios ofensivos o burlas en el ámbito laboral. Tivo lo cuenta con una sencillez absoluta: baños fríos, granjas, turnos, cambios de ropa, personas que ofendían y personas que daban apoyo.
Luego vinieron las vacas, tercas; y luego las chivas, todavía más. Le dijeron que rendían muy bien y él se fue detrás de ellas por los caminos. “Yo sé lo que es andar en el sol, andar en el aire, mal dormido”, dice. Nunca anduvo en burro ni en yegua. Siempre a pie y con una vara para sostenerse y para marcar el paso. Siempre pegado a las chivas, porque tantito que uno se descuida, se van lejos y hacen daño donde no deben.
En esa imagen hay una parte de Tivo que no cabe en los estereotipos urbanos sobre la diversidad sexual. Tivo de rancho, sí. Tivo de tienda, sí. Tivo de muñecas en la infancia, sí. Tivo también de chivas, de vacas, de sol, de trabajo, de ganarse el día con los pies llenos de tierra. La vida completa rara vez cabe en una sola palabra, en una frase o siquiera en una foto.
Una niña entra a la tienda y le pide un vaso con agua. Mientras le sirve, Tivo cuenta que una vez fue a una marcha en Saltillo. Al principio no entendía bien si hacía falta ir o para qué servía. Luego escuchó a la gente gritándoles cosas bonitas: que se aceptaran como eran, que los felicitaban. “Qué padre que la gente te acepta”, pensó. Se sintió arropado; en su caso, esa palabra tenía la forma de una multitud que por un rato hizo lo que su madre hizo primero: protegerlo.
Después volvió al rancho y participó en marchas de General Cepeda. Tiene reconocimientos. Habla de esos desfiles con alegría y tranquilidad: “Muy bonitos, muy bonitos”. En su memoria, las marchas no suenan con la solemnidad de un discurso gubernamental, sino a calle tomada, a gente mirando, a un cuerpo que por fin puede pasar por el centro sin encogerse.
Un par de golondrinas se paran en el área de dulces, mirándonos, como si esperaran escucharlo hablar, y él apunta que en General Cepeda hay comunidad. “Hay muchísimos”, cuenta. Amigas lesbianas con sus parejas, amigos con sus parejas, gente que vive junta, gente que todavía se cuida de las miradas, que ya no pide disculpas. Tivo habla de eso como quien enumera familias conocidas, no como descubridor de un fenómeno.
Al final, todo vuelve a esta puerta: Tivo atiende, escucha, guarda lo que le confían y sigue ahí, en su tienda, en el rancho, como quien aprendió a quedarse sin pedirle permiso a nadie. Los lugares que uno habita pueden ser tan rígidos como una jaula o tan cálidos que nos ayudan a sanar.Fotografía: Héctor García
También ha visto cambiar las palabras. Antes se gritaba la palabra con “J” como insulto. Ahora se dice más “gay”, se dice “jochis”, se dice comunidad. Aunque el cambio no llega parejo ni limpio. Llega como quien desgrana una mazorca, maíz por maíz: ahora hay una tienda donde ya no molestan, una pareja que se toma de la mano, una marcha, una boda, una familia que baila aunque haya ido por curiosidad.
Las bodas le parecen una señal hermosa. Una amiga suya se casó con un muchacho de Puebla y llegó en su carro, bonita, con su pareja, con la familia del novio bailando. Ocurrió en San Antonio.
Tivo ha tenido parejas de Veracruz, de México, de Chiapas. Algunas llegaban al rancho y lo tomaban de la mano para entrar a una tienda o ir por una cerveza. Él se dejaba tomar la mano. “Y a mí no me molestan”, dice. Tal vez porque lo conocen. Tal vez porque ha vendido, trabajado, pastoreado, saludado, fiado y escuchado lo suficiente para que el rancho lo reconozca antes de juzgarlo.
La tienda es su lugar en el mundo. Por la mañana limpia, atiende, almuerza, lava los platos y vuelve a acomodar. Por la tarde se mueve más la venta. Llegan personas de los ranchitos, compran cualquier cosa, se quedan un rato, miran hacia la calle y luego sueltan lo que traen guardado.
La tienda de Tivo es también confesionario. La gente llega a desahogarse por problemas que él desconocía hasta que alguien los deja caer sobre el mostrador. Le piden que no diga nada, que no comente, que no los vio. “A confesarse, imagínate”, dice. Luego explica su ley: “Si viniste, yo solo sé que viniste a comprar y punto”.
Esa forma de guardar secretos también viene de la madre. No porque ella se lo haya enseñado con una lección, sino porque hay cuidados que se heredan como se hereda la manera de barrer, de caminar o el don de gentes. La madre lo defendió del golpe; Tivo defiende ahora lo que otros le entregan en voz baja. En un rancho donde todo puede volverse rumor, su tienda guarda silencio.
Le gusta vivir en el ejido. Le gusta levantarse y ver cómo el solesito revive, respirar el aire, oler la gobernadora con el rocío de la mañana, escuchar a las golondrinas muy temprano, mirar los cerros de Las Labores cuando empieza a esclarecer. Lo dice con una gratitud sin adorno, como si el paisaje también fuera su familia, una que reconoce como suya.
A las juventudes les diría que se acepten. Que aceptarse “es muy bonito”. Que cada quien viva con sus límites, con sus medidas, con su manera de estar en el mundo. Que la comunidad debe apoyarse bastante. Lo dice sin subirse a un altar, sin decirse santo. Habla desde una tienda, desde una vida que ha conocido la burla, el trabajo, la defensa materna, el amor y la muerte.
En medio de la conversación, se detiene a mirar hacia un rincón de la casa. Ahí, dice, unas golondrinas hicieron su nido. No las espanta. Las deja quedarse porque vienen de lejos, porque buscan dónde criar, porque también ellas necesitan hacer casa. En la casa de su madre, recuerda, también había nidos. Para Tivo, cuidar a veces consiste en no correr a quien llegó buscando refugio.
También dice que es bonito tener pareja, como los pajaritos. Despertar y preguntar cómo se amaneció. Preparar un café. Pensar qué van a almorzar. Quiere volver a vivir eso pronto, en unos meses quizá, cuando el corazón se anime a salir. Mientras tanto, Tivo abre la tienda y el rancho pasa frente a él con sus compras, sus secretos, sus vergüenzas, sus alegrías, sus animales de madrugada y la voz de una madre que todavía dice: “Al mío no”.
UNA GUÍA PARA EL PERIODISMO
Esta historia se trabajó con perspectiva de género no sólo como una forma de nombrar a las personas, sino como una forma de mirar estas historias. Nos apoyamos de la Guía de Periodismo con Perspectiva de Género elaborada por la Fundación PLAN.
La Guía, en otros aspectos relevantes, nos recuerda que este enfoque no se limita al lenguaje incluyente: también implica preguntarse qué se cuenta, por qué se cuenta, cómo se representa a las personas y qué estereotipos pueden reforzarse desde la narración.
En el caso de Tivo, esa mirada permite no reducirlo a una etiqueta LGBT+, sino leer su vida completa: el rancho, la infancia, el trabajo, la familia, el respaldo de su madre, la burla, la comunidad, el deseo de pareja, la tienda y el derecho a ser nombrado con dignidad.
Carlos Eduardo Martínez Mirón (1992), editor y escritor con experiencia en diversos medios informativos, colaborando en las secciones de negocios, tecnología, internacional, entre otros. Ha trabajado como corrector y coeditor en proyectos editoriales tanto científicos como culturales, además de publicar obra propia y colaborar como ghost writter en títulos a nivel nacional.