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La Inquisición en la villa del Saltillo

9 hours ago 3

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EL CALLEJÓN QUE OLVIDÓ SU NOMBRE

En el corazón de Saltillo, a unos pasos de la Catedral de Santiago, hay un callejón que hoy se llama Ildefonso Vázquez. Antes se llamó Del Truco. Durante más de medio siglo, 1604-1670, llevó el apellido de una familia fundadora: San Miguel. Ese nombre desapareció por el peso de la Inquisición: un fraile que habló de más trajo el primer escándalo; setenta años después, el tribunal procesó a las mujeres de la familia por hechicería y dio el golpe definitivo. La historia de este callejón es la historia de cómo el miedo puede borrar hasta los nombres de las calles de una ciudad.

HEREJÍA Y HECHICERÍA

El Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición española se fundó en 1478, cuando los Reyes Católicos obtuvieron una bula del papa Sixto IV para crear un tribunal bajo control de la Corona, distinto de la inquisición medieval que tres siglos antes había surgido en el sur de Francia contra la herejía cátara. Su objetivo inmediato, explica Richard Greenleaf en La Inquisición en Nueva España, siglo XVI, era vigilar a los conversos cristianos nuevos de origen judío sospechosos de practicar su antigua fe en secreto y perseguir la herejía en general. En Saltillo eso significó vigilar la ortodoxia y las costumbres, y perseguir lo que el tribunal llamaba “supersticiones de vana observancia”.

Conviene aclarar algo que el tribunal tomaba muy en serio y hoy se confunde: herejía y hechicería eran dos delitos distintos. La herejía era cosa de palabras y creencias. Si un cura decía algo raro desde el púlpito, si alguien negaba que Cristo era Dios, o leía libros prohibidos, eso era herejía. No hacía falta ningún pacto con el diablo: bastaba con decir algo que la Iglesia considerara incorrecto.

La hechicería era otra historia, de magia: pociones para enamorar, polvos para enfermar, rituales para doblar la voluntad de un hombre o arruinar una cosecha. El tribunal creía que ese poder venía del demonio y que obtenerlo exigía un trato con él: la hechicera no era solo una mujer sin fe, sino alguien que había pactado con el Diablo.

Los números lo confirman, según estudia Solange Alberro en Inquisición y sociedad en México: entre 1536 y 1599, el Archivo General de la Nación documenta 325 casos de mujeres procesadas por el Santo Oficio en la Nueva España. El 33 por ciento fue por hechicería; la herejía apenas el 7. La gente preparaba brebajes de amor y visitaba curanderas, y eso el tribunal lo perseguía por igual.

UN FRAILE CON LA LENGUA SUELTA

El caso más sonado de la villa del Saltillo ocurrió en 1593 y no involucró a ninguna bruja sino a un fraile: fray Francisco de San Miguel, guardián del convento de San Esteban de la Nueva Tlaxcala.

En un sermón de Pascua, fray Francisco dijo que Cristo había salido del sepulcro “como un galeote” y que Jesús había mentido a sus discípulos, palabras que sus oyentes tomaron como una negación de su divinidad. En una villa pequeña, recién fundada y muy vigilada, eso no podía quedar sin castigo.

Quienes lo denunciaron fueron Juan Navarro, Francisco de Urdiñola, el párroco Baldo Cortés y hasta el propio fundador, Alberto del Canto. La denuncia llegó a Juan Morlete, secretario del tribunal en Mazapil. El desenlace fue discreto: pasó a la orden del fraile y lo mandaron a Zacatecas sin mayor trascendencia.

El apellido San Miguel ya estaba grabado en la memoria de la villa del Saltillo: el callejón junto a la parroquia de Santiago llevaba ese nombre desde 1604, en honor a la familia establecida ahí desde 1591. Según las actas del Archivo Municipal de Saltillo, Diego de San Miguel fue Fiel Ejecutor en 1613, y su hijo Francisco construyó las ventanas de las Casas de Cabildo en 1617: raíces suficientes para que el escándalo no borrara el nombre.

EL FUNDADOR BAJO SOSPECHA

Antes del fraile, el propio fundador de la villa, Alberto del Canto, ya tenía roces con el tribunal, como recoge Pablo Cuéllar Valdés en su Historia de la Ciudad de Saltillo. En 1589, el párroco Baldo Cortés lo denunció por vivir en amasiato con su suegra, doña Juana Porcallo, esposa de Diego de Montemayor. En 1593, el mismo año en que él acusaba a fray Francisco, Pablo de Góngora presentó otra queja: relaciones con dos hermanas a la vez, una de ellas su comadre. Fue llamado a declarar, las fechas son algo confusas y no coinciden del todo, al parecer parte del castigo fue casarse con Estefanía, hija de Diego de Montemayor.

UN CASO DEL NORTE: LOS CARVAJAL

No muy lejos de Saltillo ocurrió uno de los casos más dramáticos de la Inquisición novohispana. Luis de Carvajal el Mozo, sobrino de aquel gobernador, fue procesado por judaizante y por escribir memorias espirituales heréticas. Lo quemaron en efigie en 1590 y, seis años después, en persona, en la Ciudad de México. Tenía apenas treinta años.

Su caso revela algo que los expedientes de Saltillo apenas insinúan: el norte tenía una presencia importante de familias de origen converso, muchas llegadas huyendo del tribunal. La distancia daba cierta protección, pero no inmunidad del todo.

LAS MUJERES SAN MIGUEL Y EL CALLEJÓN QUE CAMBIÓ DE NOMBRE

Setenta años después del sermón del fraile San Miguel, la Inquisición volvió a ocuparse de Saltillo, y esta vez la familia no salió bien librada, según reconstruye Arturo E. Villarreal Reyes en “De herejes y hechiceras: la curiosa historia de los San Migueles”.

Entre 1665 y 1670 fueron procesadas Francisca de la Cerda y San Miguel, su madre Catalina, su pariente Magdalena y Mariana de la Fuente, acusadas de usar polvos y brebajes para manipular la voluntad de los hombres. Todo empezó por una infidelidad: Gerónima de Sotomayor acusó a su esposo, Manuel, de amistad ilícita con Francisca, convencida de que el afecto de su marido había sido torcido por medios no naturales. A diferencia del fraile, las cuatro fueron condenadas y desterradas a Mazapil y Guadalajara; Francisca terminó en la pobreza, en El Saucillo de Abajo, hoy municipio de Ramos Arizpe, cerca del costado este del aeropuerto Plan de Guadalupe.

Las consecuencias no se quedaron solo en las personas. El prestigio de la familia San Miguel, capaz de sobrevivir el escándalo del fraile, se derrumbó, y el callejón que por más de medio siglo llevó su apellido dejó de llamarse así. El ingenio popular lo rebautizó Callejón del Truco, nombre que perduró hasta 1942, cuando se le asignó el del general Ildefonso Vázquez. Hoy no guarda rastro de la familia que le dio su primer nombre.

Es uno de esos casos en que la Inquisición no solo castigó personas, sino que borró su huella en la villa. El callejón de San Miguel existe todavía; ya nadie lo llama así. Merece recordarse esa infamia.

$!La hoguera como castigo ejemplar. Grabado de Cornelis Martinus Vermeulen que representa la ejecución pública de un supuesto hereje, una de las imágenes más difundidas de la intolerancia religiosa en la Europa moderna.

La hoguera como castigo ejemplar. Grabado de Cornelis Martinus Vermeulen que representa la ejecución pública de un supuesto hereje, una de las imágenes más difundidas de la intolerancia religiosa en la Europa moderna. CORTESÍA

LA CACERÍA DE BRUJAS DE MONCLOVA

El caso más elaborado de hechicería en la región ocurrió en Monclova, documentado con detalle en La complicidad de Coahuila, del embajador Gustavo Iruegas, fallecido en 2008. El proceso, iniciado en septiembre de 1748, se convirtió en una de las investigaciones inquisitoriales más extensas del norte novohispano, con ramificaciones hasta Saltillo.

Todo comenzó con una bolsa de tela azul hallada en plena calle: adentro había una piedra imán envuelta en cabellos, limaduras de hierro, hierbas y papelitos cortados en formas raras. La dueña, María de Hinojosa, confesó que servían para atraer a un hombre, y mencionó a Josefa de Iruegas y a una mujer indígena, Figenia o tal vez Efigenia, su maestra. Figenia confesó un pacto con el demonio, a quien llamó Herodes, que se le apareció primero como un gato enorme y luego como un hombre a caballo que redactó el contrato con carbón.

La investigación llevó después a Manuela de los Santos, india tlaxcalteca de cincuenta años, la maestra principal de la red. Dijo haber aprendido el arte en el Real de Boca de Leones, hoy Villaldama, Nuevo León, y describió una cueva en el Carrizal donde Lucifer presidía las clases, custodiada por una víbora cuya cabeza había que pisar para entrar. Cobraba en ropa vieja y medias usadas.

Las confesiones incluían vuelos nocturnos los viernes, untándose con azufre y sebo de víbora, rumbo a Monterrey, Saltillo y Texas. Manuela declaró que su primer vuelo tuvo a Saltillo como destino, y denunció a tres viudas brujas del Saltillo: María, Gertrudis y Jacinta.

Las madres no dormían los viernes, convencidas de que las brujas podían ahogar a sus hijos.

$!El círculo mágico, óleo sobre lienzo de John William Waterhouse, 1886. La obra representa a una hechicera trazando un círculo protector, evocando las tradiciones mágicas y el interés victoriano por el misterio y lo sobrenatural.

El círculo mágico, óleo sobre lienzo de John William Waterhouse, 1886. La obra representa a una hechicera trazando un círculo protector, evocando las tradiciones mágicas y el interés victoriano por el misterio y lo sobrenatural. CORTESÍA

Detrás había también un asunto político: Josefa de Iruegas le tenía coraje al gobernador Pedro de Rábago y Terán por desterrar a su amante, y en una reunión nocturna el grupo pidió al demonio destruir los cultivos. Al día siguiente cayó una granizada que arrasó las siembras, luego llegó una sequía. Que la tormenta fuera real o casualidad no ayudó en nada a las acusadas.

Josefa fue sentenciada en 1754 en el Palacio de la Inquisición, hoy el Museo de la Medicina Mexicana: donde antes se aplicaba el tormento, ahora hay un recinto dedicado a la sanación. Escuchó sus culpas con soga al cuello, recibió doscientos azotes paseada en mula, y la encerraron cinco años en el Recogimiento de la Magdalena. La desterraron diez años, le confiscaron los bienes, y el fiscal pidió que la quemaran, aunque la condena nunca se ejecutó.

EL FUERO QUE NO ALCANZÓ

No todos los casos trataban de herejía o brujería. En el siglo XVIII, don Benedicto Ramos de Arreola, notario del tribunal, golpeó brutalmente a su esposa embarazada, doña Juana Manuela de Umarán, y le provocó un aborto. Intentó escudarse en el fuero de su cargo, pensado para proteger funcionarios. Sus cuñadas presionaron hasta que se lo destituyeran, y terminó juzgado por la justicia civil.

LIBROS PROHIBIDOS Y JUDÍOS EN SECRETO

La Inquisición en Saltillo no solo persiguió a fieles e infieles: entre 1741 y 1838 hay registros de 926 libros en manos de los vecinos, varios censurados por subversivos, entre ellos El espíritu de las leyes de Montesquieu y, curiosamente, la Imitación de Cristo de Tomás de Kempis, un libro de devoción. La vigilancia se endureció en 1793, cuando se ordenó cuidar la circulación de escritos contrarios a la religión o al Rey, tras la ejecución del rey Luis XVI de Francia.

Se documenta también la presencia de familias de origen sefardí que aparentaban ser católicas mientras en casa practicaban la ley mosaica. Su rastro en los archivos es fragmentario, más sospecha que condena formal, pero suficiente para saber que existían.

LOS FUNCIONARIOS DEL SANTO OFICIO EN SALTILLO

El tribunal tenía una red de oficiales locales, vecinos de prestigio: alguaciles mayores, comisarios, notarios como Pedro Félix de Rueda y Zeballos, quien no dudaba en usar su cargo para demandar a vecinos por deudas e injurias.

Como familiar del Santo Oficio figuró el capitán Francisco de Urdiñola, el mismo que en 1593 denunció a fray Francisco, cargo que mantuvo hasta su muerte en 1618.

Los casos que dejó el Santo Oficio en Saltillo y Monclova no son la historia de una ciudad de herejes ni de una persecución masiva, como recuerda Vito Alessio Robles en Saltillo en la historia y en la leyenda. Son la historia de villas pequeñas muy vigiladas.

El tribunal desapareció en Nueva España en 1820, con la restitución de la Constitución de Cádiz; en España la Inquisición no se abolió formalmente hasta 1834.

saltillo1900@gmail.com

Ariel Gutiérrez Cabello, nació en Saltillo, Coahuila, en 1961, investigador de la microhistoria local. Ha dedicado su vida profesional a la comunicación, la ecología y la cultura, desempeñándose como museógrafo, e investigador.

Desde hace más de seis años, Gutiérrez Cabello comparte cada domingo en el periódico Vanguardia su columna Relatos y Retratos del Saltillo Antiguo, donde rescata historias, sucesos y personajes que han marcado la historia de la ciudad.

Entre sus obras destaca “Calles y otros lugares de Saltillo antiguo”, libro en el que indaga el origen de los nombres de calles, callejones e inmuebles de la ciudad, ilustrando con fotografías históricas y relatos la evolución social y cultural de Saltillo. También ha publicado “Escribidores de luz: fotógrafos en Saltillo, 1846 a 1920”, un trabajo que documenta el desarrollo de la fotografía y los fotógrafos en la región y el libro Imágenes e historia del Saltillo de 1900. Fondo Fotográfico Ferretería Sieber. Saltillo, Coahuila

Es ferviente coleccionista de fotografías antiguas, relacionados con la historia local, Gutiérrez Cabello trabaja de manera continua en la investigación de la microhistoria de Saltillo, para la preservación y difusión de la memoria histórica regional.

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