PROTECT YOURSELF with Orgo-Life® QUANTUM TECHNOLOGY
Orgo-Life the new way to the future Advertising by Adpathway
Antiguo comercio es el de los cuerpos. En Saltillo lo ejercían unas señoras que vivían y moraban en la calle de Terán, por el rumbo donde hoy está la Secretaría de Finanzas. En la mañana esas señoras sacaban una silla de tule a la banqueta y secaban al sol sus largas cabelleras. Ellas no se hacían “el permanente”, peinado de moda entre las damas. Y es que ellas no eran damas: eran mujeres solamente, y de la calle.
Por eso en la calle secaban sus largas cabelleras. Por eso, y porque vivían en cuartuchos en los que apenas cabía el camastro donde se ganaban la vida y la iban perdiendo cada día. Aquellos tabucos se llamaban “accesorias”; a esas mujeres les decían “pupilas”. Casi todas habían venido de los ranchos, muchachas engañadas por aviesos galanes que las vendían a las madrotas o padrotes por unos cuantos pesos. Las madrotas eran prostitutas viejas, gastadas por el uso y por los años. Más listas que sus compañeras, o con mayor audacia, cuando sus encantos quedaban agotados se convertían en pastoras de otras que empezaban a hacer lo que ellas había acabado ya de hacer, y las regenteaban. Esas madrotas eran mujeres ásperas y rudas, de lengua maldiciente. A fin de ocultar las arrugas de la cara se echaban encima capas y capas de cremas, polvos y pinturas. Se sentaban con las piernas abiertas frente a la caja registradora de la cantina del burdel; mascaban siempre chicle; a todas y todos trataban con estudiada indiferencia, como si no les importara el mundo.
¿No les importaría? Quién sabe. Oí de una que tenía dos hijos en el colegio, y todo lo que ganaba era para ellos, como en las películas de Dolores del Río o Marga López. Un día el menorcito hizo una travesura, y el señor director le dijo que su mamá debía ir a hablar con él. El niño trasmitió el recado. Aquella mujer de duro corazón se echó a llorar. ¿Cómo presentarse ante un señor tan importante? Seguramente nomás al verla iba él a saber su oficio, y expulsaría a sus hijos del colegio. Le confió su cuita a uno de sus clientes, hombre a quien casi nadie conocía en la ciudad, pero bien presentado, y él fue al colegio, y dijo que su señora esposa no había podido ir –estaba algo indispuesta–, pero que ahí estaba él para lo que quisiera mandar el señor director. Ésos son favores, no chingaderas.
En cada accesoria había una cama –ya lo dije–, un ropero y un aguamanil para las abluciones del cliente, cuyas partes de varón eran lavadas cuidadosamente –antes y después– por la mujer a la que había contratado. También había una repisa. En ella se veían imágenes de santos, o estampitas. Entonces no existían San Martín de Porres ni San Judas Tadeo, pero siempre ha habido Virgen de Guadalupe, y frente a la Morenita ardía una veladora encendida, que además daba su vacilante luz al cuchitril en noches de apagón, porque eran los años de la Segunda Guerra y había que ahorrar luz. Antes de proceder a ejecutar su oficio la mujer se persignaba con mucha devoción, y luego volteaba la imagen o el cuadrito de la Virgen hacia la pared, a fin de que no viera lo que iba a suceder. En esa humilde acción, creo yo, había más fe y más religiosidad que las que hay en Sandoval Íñiguez y Onésimo Cepeda puestos juntos.
Llegó la piqueta del progreso –así se dice–, y acabó con el barrio de Terán. Yo vi caer los muros de “El Vaivén” y “El Columpio del Amor”. Desaparecieron las mujeres que en la mañana sacaban una silla de tule a la banqueta y secaban al sol sus largas cabelleras. El otro día pasé por esas calles, y sus fantasmas me vieron como se ve a un fantasma.